Brasil y México, en clave de fa

“La ropa sucia se lava en casa” es un dicho obsoleto. La “casa” ahora es el mundo entero, las portadas de las revistas más influyentes, las pantallas de los noticieros internacionales cuyas notas se transmiten instantáneamente en los principales idiomas, los celulares de millones de usuarios a través de los cuales las noticias incómodas sobre México y Brasil se diseminan. La sociedad civil, la prensa independiente, los jóvenes, las organizaciones no gubernamentales, los organismos internacionales de Derechos Humanos, los think tanks, y en Brasil agréguese a un Ministerio Público empoderado, han desnudado a los sistemas políticos de ambos países y los dos hemos salido reprobados. Con la diferencia de que ahora no podemos ocultar esa calificación. Todo el mundo, y por mundo quiero decir todo el orbe, el planeta y el universo conocido sabe de nuestras fallas: de la tragedia de los desaparecidos en México, de los indefensos jóvenes de Ayotzinapa entregados por autoridades municipales al narco y de las partes del territorio nacional en las que manda el crimen organizado, de los probables conflictos de interés incurridos por el Presidente y su secretario de Hacienda, del defectuoso sistema electoral que reclama construir una vía paralela de financiamiento ilegal, y de cómo una falla similar en el juego de incentivos del sistema electoral brasileño generó el escándalo de Petrobrás, que parece no tener fin y que cada día suma nuevos nombres del mundo político y empresarial.

En ambos países la opinión pública descalifica a los partidos políticos, incluyendo a los que están en el gobierno y a los de oposición.

Gracias a este saludable terremoto, el terreno está limpio de edificios de utilería, de espejismos distractores, de falsos orgullos que defender y se abre frente a los negociadores de ambos países, tanto gubernamentales como empresariales y de la sociedad civil, la más promisoria agenda. En ésta destacan desde hace años los asuntos comerciales y la búsqueda del Santo Grial: un acuerdo estratégico de libre comercio de última generación; los temas de cooperación, especialmente en los temas de salud, que afectan a quienes no son del interés de las grandes compañías farmacéuticas, pero son el futuro de ambos países, la considerable experiencia epidemiológica y de salud pública tanto de México (AH1N1) como de Brasil (Sida), la convergencia en cambio climático, el vigoroso intercambio cultural, tanto por los canales oficiales como por iniciativas fuera de los gobiernos, los temas de ciencia y del espacio, de las ciencias agropecuarias, etc. Pero ésta es la agenda de siempre.

La nueva agenda tiene que ver con lo que nos mostraron las fotografías que esgrimen jóvenes indignados por las calles de las ciudades mexicanas y brasileñas: la corrupción sistémica, la falta de transparencia, el apetito voraz de ambos sistemas electorales por fondos ilegales, el fracaso inocultable de la guerra contra las drogas, el reflejo condicionado de las fuerzas de seguridad para violar los derechos humanos, la incomodidad gubernamental ante el ejercicio de la libertad de expresión, la desigualdad económica y urbana escandalosa, los estragos de la expansión del crimen organizado, y yo agregaría: la brecha de género para que las mujeres participen plenamente en la toma de decisiones.

Todos estos son temas sustantivos que ahora podemos abordar porque son públicos: qué experiencias resultarán de la implementación del nuevo Sistema Anticorrupción en México, por qué fracasó la estrategia anticrimen organizado y qué lecciones podemos compartir; cómo fue que, sin cambios legislativos, el Ministerio Público en Brasil se empoderó; las fallas de los despachos actuariales que aprueban cuentas impresentables; debilidades y fortalezas de los sistemas electorales; empoderamiento de las mujeres y varios más.

Ahora podemos llorar sin recato cada uno en el hombro del otro, limpiarnos los mocos y ponernos a trabajar con entusiasmo y esperanza porque, ahora sí, estamos pisando terreno firme. Bienvenida, presidenta Dilma Rousseff. Nos encontramos en Twitter: @ceciliasotog

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