El velo de la intimidad

A Juan Molinar, maestro de la política y en la política.         A Sebastián Lerdo de Tejada, amigo entrañable,             adversario honorable y hombre de bien…

 

¿Quién superaría, con relativa solvencia, el escrutinio absoluto sobre su intimidad? ¿Cuántos conservarían amigos si las críticas llegaran a sus oídos? ¿Cuánto duraría el amor entre un matrimonio si la esposa o el esposo escuchara las quejas que, airadamente, formula el otro en la clandestinidad? ¿Cuántos virtuosos de la música o del arte quedarían con seguidores después de observar sus hábitos de consumo? ¿Cuántos bajaríamos la mirada al publicitarse un diálogo nuestro, prolijo de maldiciones o cargado de imágenes impropias? ¿Qué persona podría ser ejemplo de virtud o modelo de comportamiento si sus vicios quedaran expuestos a los ojos de los demás?

La perfección no es virtud humana. En ciertos casos, podrá ser una aspiración o un principio de conducta, pero no es condición intrínseca a la humanidad. Somos imperfectos: nuestra personalidad se forma y desarrolla en contextos y circunstancias que siembran virtudes y fecundan vicios. Respondemos a la irresoluble tensión entre los impulsos de las cualidades y las ataduras de los defectos. La intimidad, en consecuencia, no es sólo el cerco de protección de ciertos comportamientos individuales, sino que tiene también una invaluable dimensión social: es el maquillaje detrás del cual se esconden nuestros defectos y vicios, que hace agradable el rostro lastimado, que corrige las imperfecciones de nuestra inevitable naturaleza contingente. Es la ropa que oculta nuestra desnudez y habilita la pertenencia a lo social. El disfraz que hace posible la aceptación de otros.

En ese sentido, la filtración de la llamada telefónica de Lorenzo Córdova debería indignar por cuanto invasión a la intimidad, más que por su contenido. Sus opiniones con respecto a terceros podrán ser impropias o desagradables, pero no admiten reproche político. No convierten al presidente del INE en un racista confeso ni alcanzan para introducir una mínima consternación sobre la orientación de la institución con respecto a los derechos de los pueblos indígenas. Es la descripción sarcástica, en un ámbito privado, y estrictamente reservado a quien llamó y a quien contestó, de un diálogo ciertamente surrealista: el líder de una comunidad indígena que amenaza al árbitro electoral con impedir las elecciones, si no le “dan diputados”. Hasta ahí. Ni más, ni menos: simplemente, la conversación de una persona que no ha perdido su libertad de burlarse de quien se le pegue la gana, aun cuando ostente importantes responsabilidades públicas.

Pero si la invasión a la intimidad es indignante, son todavía más preocupantes las implicaciones políticas del caso. Por supuesto que, desde el ángulo del interés público, es justificable la develación de ciertos ámbitos de la privacidad, como una conversación telefónica. Pero ese extremo no debe servir de pretexto para instalar en nuestro sistema de convivencia la estrategia de la vulneración personal como arma para amagar o acosar a las instituciones o a sus titulares. La ya recurrente moda de difundir conversaciones privadas es un riesgo latente a la estabilidad y al funcionamiento de los órganos del Estado, especialmente de aquellos que arbitran entre intereses contrapuestos. Cualquier persona de relevancia pública es susceptible de alterar las motivaciones de sus conductas si se corre la cortina de su intimidad. Podrán gozar de un sinnúmero de garantías institucionales para alentar su imparcialidad (inamovilidad del cargo, inmunidades procesales, duración fija del mandato, etcétera), pero esas garantías poco harán para atenuar los efectos del morbo, de la ira social o de la destrucción de la reputación. Es la nueva arma de los poderosos, de los que pueden espiar, de los que pueden pagar por invadir la esfera de lo íntimo. Arma muy eficaz, por cierto, en nuestra tradicional proclividad al escarnio.

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