Más desigualdad zancadillea al crecimiento: OCDE

José Ángel Gurría Treviño, secretario general de la OCDE. Foto: AFP
CIUDAD DE MÉXICO.- Un estudio de la OCDE confirmó lo que ya se sabía: que la desigualdad ha venido aumentando en los últimos treinta años. Y eso ha sucedido casi de manera ininterrumpida, independientemente del ciclo: vaya la economía bien o vaya mal, a los ricos siempre les va mejor, por lo que la brecha se va sistemáticamente ampliando. Esa tendencia se observa desde los años ochenta, desde que Ronald Reagan y Margaret Thatcher llegaron al poder y promovieron un ultraliberalismo a ultranza, basado en el sometimiento global de la economía a las leyes del mercado.

Eso significó privatizar empresas y servicios, como la educación y la salud, acometer las llamadas “reformas estructurales” consistentes en desregular el mercado laboral y restar poder a las organizaciones sociales, y proceder a un desmantelamiento del Estado mediante reducción del gasto público y recorte de impuestos, sobre todo a las empresas prósperas e individuos pudientes porque, según esa doctrina, así ganamos todos: al fin ellos son los que crean empleo y riqueza, nos dicen, y si a ellos les va bien, a todos nos irá mejor.

Cambio de rumbo

El modelo implicaba exigir sacrificios a la clase trabajadora en aras de un mayor progreso futuro, y una vez que la economía fuera más libre y competitiva y derivara en un mayor crecimiento, la riqueza se desbordaría de las cúpulas aventajadas para derramarse sobre el resto de la sociedad. Ahora, la OCDE nos viene a decir que ese modelo ha fracasado, y que la riqueza no se filtra como el agua de lluvia a la tierra, sino que se consolida como grandes bloques glaciares entre las élites pudientes.

Eso dice el último informe de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) sobre la desigualdad, donde se analiza la evolución de los ingresos y la riqueza para 40% de la población más desfavorecida.

En él se hace una velada crítica a ese modelo y llega a varias conclusiones.

La primera es que cuando tanta población no logra beneficiarse del crecimiento económico, cuando tantos individuos no logran mejorar ni aspirar a un futuro mejor para sus hijos, es que algo va mal.

Daño estructural

La segunda es que reconoce en que si bien esa desregulación del mercado laboral ha mejorado el potencial de crecimiento de las economías, ha sido a costa de una mayor disparidad en los salarios.

El estudio de la OCDE advierte una proliferación del trabajo “no estándar” (empleo temporal, a tiempo parcial y autoempleo), generalmente más flexible, más precario, con peores condiciones laborales, de más fácil despido y peor remunerado. Pues bien, según la OCDE más de la mitad del empleo creado desde mediados de 1995 ha sido “no estándar”, y ha recaído, sobre todo, en jóvenes y mujeres. 

Respecto a la tercera conclusión, al mismo tiempo se han realizado reformas a los sistemas tributarios haciéndolos menos progresivos, se han revisado los sistemas de pensiones para garantizar su sostenibilidad, se han privatizado los servicios de sanidad y educación y se han otorgado menores ayudas al desempleo, lo que ha reducido las transferencias hacia los más necesitados y ha socavado uno de los mecanismos esenciales de redistribución para recomponer la renta de los más desfavorecidos y limar la desigualdad. 

Frenos

La última conclusión refiere que la OCDE por primera vez reconoce que la desigualdad, más allá de sus repercusiones sociales, mina el crecimiento económico, esto es, que lo que se gana en términos de crecimiento con las reformas tendentes a alcanzar un modelo ultraliberal se ve en parte  contrarrestado por el aumento de la desigualdad consecuencia de esas políticas. La OCDE reconoce que hasta ahora no había análisis contundentes sobre esa relación inversa, pero un nuevo estudio muestra que el aumento de la desigualdad observada en los países de la OCDE en estas últimas décadas ha supuesto un freno para el crecimiento económico.

Así, el estudio determina que la consecuencia de que la desigualdad creciera entre 1985 y 2005 en dos puntos medido por el índice de Gini ha restado 4.7 puntos porcentuales de crecimiento a los países de la OCDE entre 1990 y 2010.  

Limitan gasto social

La tendencia de la desigualdad, por otro lado, se vio exacerbada con la crisis de 2008-2009 al complicarse la situación laboral de los más desfavorecidos, los del trabajo “no estándar”, y debilitarse aún más los mecanismos de redistribución ante la crisis fiscal y los esfuerzos de saneamiento de las cuentas públicas.

Eso forzó a los gobiernos a reducir los subsidios de desempleo, recortar los sistemas de pensiones y disminuir el gasto en educación y salud.

Pérdida de ingreso

Quizás al estudio de la OCDE le falta resaltar que, al mismo tiempo que las clases bajas perdían ingresos y, en muchos casos, caían en la pobreza, las élites, cuyos capitales están invertidos en la bolsa y en otros activos, veían aumentar sus fortunas, al favorecer las políticas monetarias de los banqueros centrales y de la especulación bursátil.

El resultado es que, en lo que se refiere a los ingresos, si en los años ochenta diez por ciento de los más ricos ganaba siete veces más que diez por ciento de los más pobres entre los países de la OCDE, actualmente esa diferencia llega casi a diez.

A su vez, la riqueza está aún más concentrada que el ingreso: diez por ciento contiene más de la mitad de la riqueza y el siguiente 50% casi la otra mitad, dejando para el restante 40% sólo tres por ciento de la riqueza. Finalmente, el índice de Gini ha pasado de un promedio de 0.29 entre los países de la OCDE a mediados de los ochenta a 0.32 en 2013.

Más con menos

México, que ya partía de una posición desfavorable, no ha sido ajeno a esa tendencia. Como señala el reporte de la OCDE, la desigualdad entre los países emergentes tiende a superar la de los países desarrollados y así lo confirman los datos: la desigualdad de México es la segunda más alta por detrás de Chile. Los ingresos de diez por ciento de la población mejor retribuida superan en 30.5 veces los de diez por ciento más bajos, comparado con un promedio de la OCDE de 9.6 veces.

De hecho, la crisis fue un severo golpe para las familias mexicanas: los ingresos en 2010 eran 11% más bajos que en 2008.

La recuperación económica ha servido para mejorar los ingresos agregados, que han subido ligeramente. Pero, como siempre, fue una tendencia general: los ingresos de diez por ciento de la población más pudiente crecieron siete por ciento, pero los de 40% más desfavorecidos se contrajeron tres por ciento.

El último dato del índice de Gini de México es de 0.48 frente a un promedio de la OCDE de 0.32.

La conclusión es que el mundo cada vez es más desigual, y que la desigualdad, a su ve
z, es mala para el crecimiento. Es más, la OCDE afirma que el freno de la desigualdad sobre el crecimiento afecta más a los países emergentes.

Las políticas públicas, por tanto, han de responder para atajar esa tendencia.

El pastel está bien que crezca, pero ha de repartirse mejor. En ese sentido, quizás sea preciso rediseñar las políticas estructurales con el fin de favorecer una mejor distribución de la renta entre el capital y el trabajo, algo que se ha descuidado en los últimos 30 años. Y sobre todo, complementarlo con medidas fiscales que mejoren la distribución de los ingresos y enriquezca la igualdad de oportunidades, un valor que se ha ido deteriorando  conforme aumenta la pobreza y existe una mayor privación de necesidades básicas.

*Director de llamadinero.com