…me dijo una de Cuerámaro…

En el periodismo silvestre y provinciano en el que yo me inicié, si no hay muerto no hay nota. La trascendencia de la información tenía que lindar con la vida misma para que nos importe, cuando la información es parte del entorno cercano aunque no inmediato. El apotegma, más o menos, sigue siendo válido. Si no hay muerto, no hay nota. En los últimos días los medios nos hemos hartado de tener notas. En menos de tres semanas, y solamente en la zona que desde Corralejo parecería un espejo, según dice la canción de Rubén Mendez, entre los desaparecidos de Chilapa y los baleados de Michoacán, Jalisco y el resto de Guerrero suman más de un centenar. En el rancho El Sol, que pertenece a Tanhuato pero está igual de cerca de Yurécuaro donde el candidato a alcalde de Morena fue asesinado a balazos, se dio la mañana del viernes pasado la cifra reverberante: 43 muertos de bala; 43, como los de hace ocho meses de Ayotzinapa. La versión oficial habla de un enfrentamiento entre policías federales y miembros del clan Jalisco Nueva Generación que habrían ocupado un terreno ajeno, justamente en la ruta de la droga hacia sus mercados. Las denuncias anónimas de que estamos ante un nuevo Tlatlaya, con muertos en desigualdad de condiciones y circunstancias, ya las he visto. El enfoque primitivo de que hay muchos muertos porque los bandidos se están matando entre ellos, pudo ser aceptado por los aplaudidores del gobierno de Calderón, no por nuestro tiempo. Si la premisa de que si no hay muerto no hay nota sigue siendo válida, es igualmente vigente que un muerto es un muerto, venga de donde venga y cargue el bagaje criminal o justo que cargue. Cada muerto en balacera, bandido o soldado, transeúnte equivocado o carabinero feroz, policía o civil, tuvo una madre, y tal vez tenga una hija. En todo caso, a alguien le va a hacer falta. El desenfreno de la violencia, explicable por las mecánicas de mercado que, si son castigadas en la economía formal, en la economía del crimen lo son más, está llegando a límites insostenibles. Los agoreros nos han amenazado con el enano del tapanco de la colombianización de la situación mexicana. Esto no se parece a la Colombia de los secuestros, la guerrilla y la complicidad del narco con el ejército; esto es una réplica magnificada de la Guatemala de las ejecuciones a la luz del día y los cuerpos separados de sus cabezas. México se ha convertido en territorio de los kaibiles.

PILÓN.- Dice El Predicador: “para todas las cosas hay sazón y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su tiempo. Tiempo de nacer y tiempo de morir; tiempo de plantar y tiempo de arrancar lo plantado. Tiempo de matar y tiempo de curar”. Don Juan Molinar Horcasitas murió a destiempo. Nunca logró aclarar la triste historia de la guardería ABC en Sonora y la hornacina horripilante en que niños murieron. Si hubiera fallecido en el sexenio de Felipe Calderón, su amigo, el funeral hubiera sido de Estado, en el Campo Marte, como el de Juan Camilo Mouriño.

Y el Eclesiastés concluye la joya que es su capítulo tres: “¿Quién sabe que el espíritu de los hombres suba arriba y el espíritu del animal descienda debajo de la tierra? Así que he visto que no hay cosa mejor que alegrarse el hombre con lo que hiciere, porque ésta es su parte. Porque, ¿quién lo llevará para que vea lo que ha de ser después de él?”.

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